Hay una imagen constante que se divide, se fragmenta en múltiples imágenes que la hacen parecer diferente. Pero es la misma imagen, una imagen que admite distintas formas, pero que se presenta unida a la misma forma de deseo, de fruición sociofílica, una imagen que implica una expectativa, una tensión, una eclosión y un desgaste en función de los distintos ritmos sociales de absorción, de los distintos metabolismos de lo común en virtud de los cuales masas de personas permanecen indiferenciadas a través de la gestión de mocrodiferencias. Identidades temporales, pero ya no desde la identidad del lugar de paso, de la zona temporalmente autónoma que transitan sujetos que están más allá de cualquier formulación de su subjetividad. Son identidades teatrales de quienes aspiran a vivir papeles, roles, escenas una fiesta de disfraces permanente. Entiéndase este ejemplo porque es importante para entender cómo lo lúdico llega a un punto de saturación en el que pierde sus capacidades disolutorias, pierde la negatividad y poder emancipador y se convierte en una mera acción compulsiva que sólo representa la unión de los individuos que se reconocen realizando ese ritual que —por institucionalizarse de esa manera— se convierte en algo enteramente contingente. Véase, el sinsentido de esa fiesta de disfraces constante, en la que el disfrazarse ya no supone encarnar la sustancia onírica más íntima, sino el hacer frente a la realidad más absoluta. Lo otro de uno mismo ya no es el imaginario del que parten los papeles o roles que se representan, sino lo que antes era real. En otras palabras: la realidad hoy es el lujo, el excedente, el suplemento, lo otro de lo normal. El juego es la rutina que nos incrusta de modo más ciego en el sistema. El juego es el principio de nuestra rendición. Esa imagen múltiple que siempre es la misma. La ilusión de un cambio, incluso la ejecución del mismo, pero siempre dentro del terreno virtual en el que todos nos reconocemos como actores de una farsa que se sustenta con algo tan fuerte como la estabilidad sincornizada de todo, del pan de cada día, y también de los ritos más oscuros que acaban siendo tan ridículos como la necrológica mal pagada de alguien aparentemente importante. El sentido del bien, de la utilidad, genera acciones de sostenimiento  absurdas: del mismo modo que el periodista mal pagado escribe las crónicas que requieren los procesos de blindaje del poder, el ciudadano ejerce la crítica sociopolítica para imaginarse dotado del ejercicio de la razón. En ese disfraz, como en los demás lo que se expresa no es la sustancia aparente de la imagen (la razón, la sensibilidad, la humanidad)  sino la lógica de una gramática doble: el sostenimiento simultáneo del sistema y del individuo. Homeostasis, domesticación, ecuación absoluta de la única de las leyes ciertas: la mayoría de los actos individuales de la mayoría de los individuos debe corresponderse con los mecanismos que posibilitan a la vez su definición como individuos y la estabilidad invisible del sistema. No es posible que ningún sistema sea estable si las partes que lo componen no viven en la normalidad de su mantenimiento. Por eso, esa imagen que se divide en mil, no es en sí misma otra que la del propio interés. No sólo la imagen mediante la que nos sentimos diversos, y múltiples en nuestra interioridad, sino también la imagen coherente de que ese abanico de imágenes se corresponde con una imagen de un mundo en el que siempre es posible concebir actos que producen una ganancia neta. Esa visión (que en el fondo es la racionalidad instrumental convertida en alma) no es sólo lo que nos anima a realizar esos actos, sino el fondo de comprensión común por el que todos ellos pueden explicarse, ponerse en común, ser útiles para sincronizar nuestras existencias. No es el lenguaje lo que nos hace comprensibles y transparentes. En nuestro mundo la comprensión mutua viene dada por algo mucho más simple: la existencia de un interés constante, que en el fondo es una creencia, la creencia de la posibilidad de una ganancia neta continua. Esa creencia nos anima a asumir todos los roles, a buscar todas las experiencias, a concebir la plenitud basada en una diversidad que, en el fondo, es la más simple y pobre de todas las diversidades, pues es simplemente la fragmentación infinita de una obsesión, de una imagen única, de una creencia que nos ciega desde el momento mismo en el que —en cada una de nuestras vidas en un momento diferente— se consuma el desastre de la asunción inconsciente de la ceguera.