• Una creencia excesiva en el signo, en aquellos momentos en los que se cree que no hay más forma de ser que la que se realiza a través de formas de expresión y comunicación. Ya no sólo dentro de lo que se comprende, sino como un factor organizativo autónomo. No cabe duda que hay una base comunicativa, pero hoy difícilmente veo que la comunicación tenga un poder ontológico constitutivo mayor que el que tienen los átomos en la constitución de una sociedad. No podemos circunscribir el análisis en ese nivel. Sobre todo porque esa idealización de la comunicación viene dada por ser ésta manejable a efectos prácticos (producible, analizable, modificable). Nunca aceptaré identificar ninguna base ‘ontológica’ en nada que tenga un valor instrumental o que esté atravesado por valores instrumentales. La comunicación, incluso en el caso en que cuyo efecto es el de la iluminación más desinteresada, es algo excesivamente unido a ese esquema consecuencialista del universo por el que obsesivamente tendemos a retratar la realidad como una cadena de causas y efectos. Estoy convencido de la superficialidad de todo esquema causal, y muy en particular del que viene definido por fenómenos de comunicación. No veo en ello más que una capa superficial. Sí, que goza de cierta ‘forma’, pues como se sabe la ‘forma’ no es sino la esencia de lo superficial, la forma es el modo de condensar la superficie, tanto en acto como en potencia. Quedaba la posibilidad que una genealogía del signo nos condujese a un territorio prelingüístico, ese lugar primitivo del que se parte y que permanece perfectamente conservado en un lugar del pasado. El problema de la comunicación es que tiene efectos retroactivos, que no deja el pasado intacto. Por eso, si hay un lugar originario aún intacto no será el lugar del que surge el lenguaje. Y por eso, la búsqueda de las fuentes del lenguaje no  me parece que nos lleve más allá de a donde estamos. Repetir algo. Esa es la fuente. Repetir algo hasta que pierde su significado, hasta que se queda en letra, en voz. Eso es una cortina que si se aparta deja ver el espacio de lo inefable. La gran paradoja es que ese espacio —lo inefable— es el único que es compartible en todas sus dimensiones.

• «Dios se hace Dios cuando las criaturas dicen Dios», parece ser que decía Eckhart. Pero al mismo tiempo que se apunta hacia un Dios carente de todo nombre o nombrable con todo. No con todo exactamente, tal como explico ahora.

• Aún rompiendo hojas escritas hace tiempo: entender el misticismo como una mera cuestión de palabras intensas, de vivencias intensas. Sólo alguien joven y primitivo puede tener esa confianza ciega en la intensidad. Peor: entender que las formas de manifestarse Dios a través del mundo legitiman parte de las múltiples lecturas de lo cotidiano. El propio Eckhart, o antes Platón, ya se habían percatado del problema que supone que las formas indignas sean una manifestación de realidades elevadas. Pero el problema no son las moscas ni la suciedad, el problema es la cotidianidad misma, que sólo permite unas formas sesgadas de contemplación. Y ese sesgo no es un sesgo inocente, sino un sesgo vil, porque parte del interés: del interés comercial, claro, pero no sólo del comercial. La contemplación que tiene por objeto las formas de lo cotidiano responde tanto a un interés de comodidad como a otro interés aún menos justificable: un interés contemplativo que se antepone como expectativa y que determinará que una experiencia sea lograda o no lograda en función de una serie de criterios que al fin y al cabo son del mismo tipo que los que pueden intervenir en el enjuiciamiento de una película.

• No es experiencia. Pero tampoco combinación, tampoco es la repetición de las diversas posibilidades, tampoco es —como querría Leibniz— la combinación de todas las perspectivas.