22/02/17     Resulta difícil no rechazar el conocimiento. Y precisamente por lo que nos ha llevado a valorarlo durante siglos: porque es poder. Porque el poder en el fondo no es poder nada, es una pura esclavitud a la posibilidad que se ejerce, la sustitución de un yo por un poder que lleva la posibilidad de ponerse, imponerse en el lugar, pero hacia ninguna parte. Y no hablo del mero poder técnico o material, sino hasta el propio poder de preguntar, que sólo tiene sentido cuando no conlleva ninguna presuposición, un conocimiento implícito.

El desprecio del conocimiento lleva consigo el desprecio de la inteligencia. Si hay alguna posibilidad de valorar la inteligencia imagino que se halla en la capacidad de la misma para evitar conocer, para preservar el estado de posibilidades en el que todo cabe concebirse. Concebirse, no pensarse. Eso exige la existencia de una ‘existencia’ en la base en la que el acto de concebir no es excluyente. No es ya la bondad que garantiza poner el servicio una buena causa. Al contrario, presupone hacerse cargo del mal: es una cuestión de adueñarse de la contingencia abstracta rechazando la contingencia concreta de lo que limita. Incluso la posibilidad de pensar estorba ante la urgencia de ser.