Cuando todo pierde relevancia. Sólo desde el pozo más negro es posible reconstruir el mundo desde cero —quizás Heidegger también lo entendió así.

Pero.

Libertad que rechaza actualizarse, que rechaza ejercerse. Libertad que mantiene intactas las posibilidades. Libertad que conduce sólo a crear posibilidades, sin que ninguna de ellas se manifieste de modo especial. Esa libertad también es un objeto de construcción colectiva. Una construcción silenciosa que, sin embargo, no apunta hacia la sociedad como tal. No apunta tampoco hacia la historia. Ni en cierto modo hacia la memoria. Apunta hacia el rostro, porque sólo a través del Tú se produce la posibilidad que nos da amparo, la posibilidad de una recepción mutua en la que la propia existencia resulta al mismo tiempo vaciada y sostenida. Cuando somos algo para alguien dejamos de necesitar ser algo para nosotros mismos. La oscuridad en sus ojos es el principio de nuestra libertad, mientra que nuestra propia ceguera contingentemente libre es el  principio de su libertad necesaria. Es sólo ahí que nuestro modo de objetualizarnos mutuamente se convierte en algo trascendental y absoluto.

No es necesario el amor eterno en acto. Ese amor no permite un cambio. Impodría la necesidad de lo incompleto. Cabe que sea en proyección o en memoria, pero jamás en acto.



E.Rgz.